miércoles, 5 de marzo de 2014

Reproductibilidad y cupcakes



Continuamente se está  planteando, se intentan determinar cuáles son los cambios que ha sufrido la producción artística, en cuanto a su propia materialidad o las relaciones que establece con el espectador, o los planteamientos socioculturales que motivan dicha producción. Entre estos aspectos hay uno que creo que marca la diferencia y está modificando a todos los demás y es la reproductibilidad de las obras de arte.
Internet ha cambiado nuestra manera de percibir el mundo y por supuesto el arte, que siempre ha sido una perfecta reproducción del mundo, no iba a quedar al margen. Aún nos aferramos a la tradicionalidad en cuanto a la producción como a la difusión o a la exposición del arte, lo que intentamos es reproducir esa tradicionalidad en el supermacrouniverso que supone Internet.
Esto no es extraño, es difícil tener perspectiva con la contemporaneidad y justamente ahí ha estado siempre la gracia en la vida y sobre todo en el arte. El loco, el visionario, el que abre camino, el que muchas veces en su propio tiempo es incomprendido, es por lo general el que queda en la historia.
El ARTE está en la red, la propia RED es arte. Algunos ya hace tiempo que lo gestionan desde páginas webs o redes sociales pero la idea, en general,  no deja de ser una galería, un lugar donde cuelgo las obras, otros entran las ven y si les interesa las compran, un lugar donde comparto mi arte, lo difundo, me PROMOCIONO.
La primera y perceptual diferencia es que facilita el acceso, pero también elimina filtros, y eso está muy bien, aunque complica más la pregunta de QUÉ ES ARTE, ya que como se suele decir: sobre gustos…..
La cuestión es que tan solo hemos cambiado el formato y hemos abierto las puertas pero el concepto sigue siendo el mismo, con un matiz fundamental y es que todo lo que está en la red es reproducible.
Para los músicos, los conciertos se están convirtiendo en la plataforma donde se expresan con la originalidad que otorga el instante irrepetible y la cercanía que proporciona tener a unos metros de distancia a todos aquellos que corean con fervor las letras de sus canciones, se trata de una EXPERIENCIA. El artista debería plantearse vender aquello que no se puede copiar en Internet: su discurso creativo, su persona, su lifestyle, su ALMA, pero claro el alma tampoco es infinita, y aunque algunos ya están en ello, al estilo Warhool, al final hasta esto acaba siendo repetitivo.
Tal vez esto es lo que está motivando la vuelta a los grandes maestros, porque por muchas láminas que compres de “El beso” del vienés Gustav Klimt, por muchas veces que te descargues y uses de salvapantallas la imagen que reproduce el cuadro, nada será comparable con la magia que se crea cuando miras el original, cuando ves el trazo de Klimt y a través de los colores viajas a la Viena modernista.

Es difícil ahondar y dar respuestas en un artículo a todas estas tribulaciones pero está claro que el día que las magdalenas se convirtieron en “cupcakes” y se creó un macroimperio alrededor de las tartas de fondant con millones de visitas en los blogs y programas en la televisión, algo está cambiando en nuestra percepción y hay que pensar en ello.



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